28 JUN 2011 / Notas de Opinión
"...ser radical no es facil...pero vale la pena serlo"
Hace 45 años, un 28 de junio de 1966 un golpe militar derrocó al Gobierno democrático de don Arturo Umberto Illia. Dicho proceso fue encabezado por el dictador Juan Carlos Onganía. El mismo fue llevado adelante, además de militares de ese entonces, por grupos económicos vinculados a los intereses extranjeros, y los sectores más retrógrados y oscurantistas de nuestro país. Se puso fin a un gobierno ejemplar que fue ya reivindicado por la historia. Que la memoria de Don Arturo, sus valores, nos guíen en nuestra práctica política y nuestra militancia, repudiando en este recuerdo cualquier tipo de autoritarismo o interrupción de nuestra vida democrática. Que las palabras de este gran hombre y presidente nos recuerden también a quienes militamos en la UCR que “…ser radical no es fácil, pero vale la pena serlo..." Transcribo aquí las palabras que en ocasion de los 43 años del derrocamiento manifestara en el recinto de la Cámara de Diputados:
"Siempre me ha sido extrañamente incómodo intentar traer a la memoria los acontecimientos del 28 de junio de 1966. Lo ha sido por la ambigüedad que provoca, por una parte, tener que referirme a uno de los acontecimientos más infames en nuestra historia política, la cual es por cierto particularmente rica en ellos. Pero por otro lado, repasar la triste crónica de ese golpe nos sirve para reencontrarnos con el accionar de un hombre cuyo modelo nos llena de orgullo y sirve como guía para los tiempos difíciles del presente.

Ese orgullo al que me refiero, no es por cierto sólo un patrimonio de los hombres que militamos en la Unión Cívica Radical, puesto que sin lugar a dudas, la figura de Arturo Umberto Illia pertenece al conjunto de los argentinos que creyeron y creen firmemente en la honestidad republicana, en la vigencia de la Constitución y el camino de la democracia como la mejor herramienta para superar sin traumas los conflictos sociales.

El gobierno que don Arturo presidió, debió de enfrentar no sólo los condicionamientos feroces que le plantearían las corporaciones militar, sindical y el poder financiero, sino tal vez el más duro escollo para un gobierno republicano, como es encontrarse ante una ciudadanía que descreía de la capacidad de sus instituciones democráticas como herramienta para encarnar los intereses populares, producto de los sucesivos golpes de estado, la anulación de elecciones, las proscripciones y la violencia política.

Reconstruir la fe del Pueblo en la democracia fue entonces, el principal y más importante objetivo del gobierno radical: 'La democracia argentina necesita perfeccionamiento, pero que quede bien establecido que el perfeccionamiento no es sustitución totalitaria. Así como entendemos que para salvaguardar el destino de nuestro régimen democrático republicano contra todas las desvirtuaciones de los grupos totalitarios es necesario prestigiar al Parlamento, afirmo que la libertad de juicio e imparcialidad de la Justicia constituyen la última y fundamental garantía de nuestro orden institucional', decía don Arturo al dirigirse por primera vez como Presidente de la Nación, ante la Asamblea Legislativa.

Frente a la crítica coyuntura política del momento, donde la amenaza de sectores golpistas consistía en una realidad palpable y verdadera, el camino fue apostar al fortalecimiento de las instituciones, no a debilitarlas o a subordinarlas en busca de poderes extraordinarios bajo el pretexto de los tiempos difíciles.

Y aquellos que puedan pensar, a la luz de los hechos que se conmemoran aquí, que se fracasó en el camino cometerán un error tan grave como quienes irrumpieron como salteadores nocturnos en la Casa Rosada aquel 28 de junio, para alzarse por la fuerza con lo que por derecho le pertenecía y pertenece a la soberanía popular.

Porque de los muchos logros que exhibe la historia de aquel período de gobierno: el crecimiento del P.B.I. en más del 20 % acumulado en sólo dos años, el crecimiento industrial por sobre el 35%, la suba del salario real en más del 10 %, la disminución del desempleo a menos de la mitad, la reducción de la inflación y la mejora en la distribución del ingreso, de todo ello, los gobiernos militares que siguieron supieron dar cuenta y derribarlos. Todo esto, sin mencionar una de las mayores apuestas presupuestarias de la historia del país hacia la educación, incluyendo la plena vigencia de la Reforma del `18 que hoy también hemos conmemorado.

El poder financiero especulativo, nacional y foráneo, pugnó por recuperar el espacio que había perdido por ejemplo, con la sanción de la ley de patentes de medicamentos, o con la recuperación de la soberanía nacional en materia energética después de la anulación de los contratos petroleros; arrebatándonos tiempo después, a todos los argentinos, aquellos logros del gobierno de Illia.

La defensa de la soberanía nacional a partir de una inteligente y persistente diplomacia, que llevó a la resolución Nº 2.065 de las Naciones Unidas donde se declara la presencia de Gran Bretaña en las Islas Malvinas como un acto de coloniaje, y que obligaba al país europeo a sentarse a negociar el diferendo, fue también dilapidada por una guerra pensada sólo para salvar la continuidad del último régimen militar que nos tocó padecer.

De aquellos, y muchos otros acertados pasos dados en el camino del desarrollo por aquel breve gobierno, encontramos tantos más desandados, cuyas consecuencias estamos pagando aún hoy, cuarenta y dos años después de aquel infame golpe.

Pero existe sin embargo un legado que no puede ser corrompido ni frustrado y del que no podemos sustraernos.

El legado ejemplar de un gobierno que se ciñó sin excusas al cumplimiento de la ley, que fue garante de la vigencia de la Constitución y mantuvo la más celosa guarda de los derechos humanos. Donde ningún ciudadano sufrió persecuciones por sus opiniones o su militancia, donde no se cerraron diarios, no se proscribieron periodistas. Uno donde no había listas negras, no se extorsionaba con publicidad oficial y donde la libertad de prensa era incuestionable. Un gobierno, uno de los únicos si mal no recuerdo en el siglo XX en Argentina, donde jamás se declaró el estado de sitio, en ningún lugar del territorio.

Un gobierno que respetó el federalismo, tantas veces proclamado pero tan pocas veces practicado.

Un gobierno que persiguió el cumplimiento de sus promesas electorales, aún cuando estas significaran afectar a los más poderosos intereses sectoriales.

Un gobierno que buscó la integración de todos los sectores políticos del país a la vida democrática de forma libre, sin restricciones ni proscripciones, incluido el Justicialismo, el que pudo participar del proceso electoral del año 1965 tras diez años de proscripción.

En suma, un gobierno que nos ofrece un ejemplo a emular en el modo de conducir lo público y de conducirnos en la práctica política, donde el diálogo franco frente a todos los sectores debía ser la base para superar las posiciones maniqueas, falsas y manipuladas, que a los argentinos nos habían llevado al enfrentamiento estéril y a la degradación institucional tantas veces.

Un diálogo constructivo que parte de comprender las diferencias. Porque la práctica de la democracia es nada más ni nada menos que la práctica de la tolerancia hacia el disenso, hacia la síntesis. Un diálogo que a la vez parte del consenso previo de entender que las reglas de juego mínimas se encuentran en la vigencia sustancial de la Constitución y de las instituciones republicanas. Y vaya hoy la importancia que tiene este concepto en el marco de la realidad que vivimos.

Hoy y siempre, procuraremos desde aquí, desde este puñado de diputados que representamos a la Unión Cívica Radical en esta Cámara, y seguramente siendo el sentir del conjunto, honrar ese legado entrañable en la práctica, para evitar que sea vaciado de contenidos. Ese es nuestro desafío, y es el desafío de nuestro centenario partido. Porque aún cuando es absolutamente reconocible la comisión de errores, la Unión Cívica Radical y sus militantes fue, es y será un símbolo de democracia republicana, de tolerancia, de federalismo en la búsqueda real de una mayor distribución de las riquezas en este país.

Porque como el presidente Illia expresó: 'El concepto social de la democracia no es nuevo, y no es sólo nuestro. Mas lo importante no es que el sentido social de la democracia esté en nuestras declaraciones políticas o estatutos partidarios, sino que los argentinos tengamos la decisión y la valentía de llevarlo a la práctica. Pero deseamos desde ya alertar a quienes conciban a la democracia social como un simple proceso de distribución. Para que pueda existir justicia de la sociedad para con el hombre es necesario que éste, a su vez, sea justo para con la sociedad y no le niegue o retacee su esfuerzo'.

Es tiempo ya de relevar a las crisis coyunturales que vivimos, y que seguiremos viviendo, de su rol de obstáculo insalvable para la plena vigencia de nuestras instituciones.

Que asumamos convencidos el orden republicano, la plena división de poderes, la confianza en el Congreso como ámbito natural de la construcción del consenso y la independencia y efectividad de la Justicia como garantía última de nuestros derechos ciudadanos. Sólo entonces retomaremos los pasos en el camino del desarrollo.

Este es el legado de Don Arturo Illia. Este es nuestro compromiso".

 


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